La respuesta a esta sencilla y agradable pregunta, que sin embargo nunca nos planteamos, nos hace conscientes de una infinidad de “pequeños grandes” goces cotidianos que nos pasan inadvertidos y demuestran que esta vida y este mundo pueden ser una fuente inagotable de alegrías y momentos positivos.
Por Omar R. Goncebat
Detenerse y disfrutar la cálida caricia del sol. Respirar y llenarse lo pulmones de aire puro. Observar y sentir lo que nos rodea en este momento. Escuchar el canto de los pájaros. Jugar y compartir descubrimientos con nuestros hijos. Mirar a nuestra pareja a los ojos y después cerrarlos. Abrazar a un amigo…
Son pequeños gestos, cosas muy sencillas, que nos reconectan con nuestro ser interior y nos ayudan a sentirnos muy bien, al igual que otras actividades tan simples como pasear al aire libre, escuchar música, hacer el amor, dormir como un bebé, disfrutar de una comida en buena compañía o tomar un baño.
A menudo la clave de la felicidad, no radica en vivir situaciones fuera de lo común sino en saber apreciar las pequeñas delicias que suelen ocurrirnos a diario sin que nos demos cuenta de ellas. Si nos mantenemos atentos a lo que nos sucede y rodea, descubrimos muchas y buenas razones para sentirnos bien.
¿Sientes que tu existencia es una fuente permanente de deleites o que los momentos de bienestar son más bien la excepción en vez de la norma? Para ayudar a aclarar esta cuestión vale la pena hacerse otras preguntas, cargadas de un gran potencial revelador al finalizar cada jornada: ¿De qué he disfrutado hoy? O dicho de otra manera: ¿Qué me ha alegrado la vida durante este día?
Hacernos conscientes del goce, en vez de vivirlo de una manera automática, multiplica nuestro disfrute. Por ello es importante darnos cuenta en el momento en que estamos disfrutando.
A lo largo de la jornada vivimos momentos cargados de bienestar y sosiego, que experimentamos por ejemplo al calmar nuestra sed, al irnos a la cama con sensación de cansancio, al recibir una caricia física, al dar una caminata o al hablar con amigos, pero para disfrutarlos hemos de hacernos conscientes de ellos. Incluso podemos decirnos: “que a gusto que estoy, que bien me siento”.
Podemos descubrir un gran deleite tan asequible y barato, como la Naturaleza: paseando al aire libre, disfrutando del bosque, la playa, la montaña o el campo. O bien estimulando nuestros sentidos con el verde de las plantas, el trinar de los pájaros, las caricias de los rayos solares, la brisa y el agua pura, o con el aroma de las flores o la frescura de un jardín.
CARICIAS PARA EL CUERPO Y EL ALMA
Las “caricias emocionales”, como las que nos brinda alguien cuando reconoce nuestra valía, capacidad o belleza, también son una fuente de goce, que hay que tener en cuenta.
Al atestiguar los pequeños y grandes placeres que hemos tenido, respondiendo a la pregunta “¿de que he gozado hoy?”, descubriremos que son muchos más de los que pensamos, desde ayudar a alguien o tomar una buena comida hasta mantener una buena comunicación con los demás.
El placer consciente desarrolla en nosotros la idea de que el mundo es un lugar hermoso, donde vale la pena vivir, nos produce sentimientos de abundancia, de gratitud y de ser merecedores de lo que nos da la vida. Y disuelve las creencias limitadoras, del estilo de “esto es un valle de lágrimas”, “hay que ganar todo con esfuerzo” o “la letra con sangre entra”.
Los placeres que recibimos a través de los sentidos, también nos acercan a otros placeres superiores y menos superficiales, siempre que estos deleites sensuales sean en su justa medida y no se conviertan en el centro de nuestra vida porque entonces pueden volverse adictivos y “pedirnos” cada vez más.
El disfrutar de cada momento, nos acerca al gozo supremo de construir una mente feliz, con una alegría “sin causa”, que no se asienta en estímulos externos y efímeros, como un viaje o un regalo, sino en la conciencia de la propia realidad interna, en la alegría de ser y existir, en la felicidad de sentirse útil y servir a la vida y los seres que nos rodean.
Mirar a nuestro alrededor, “aquí y ahora”, es una experiencia muy reveladora. El interés benévolo por lo que nos rodea, las personas y el mundo, nos permite descubrir cosas fascinantes que pasamos por alto si miramos con indiferencia. Si ponemos interés, descubriremos infinidad de pequeñas alegrías para disfrutar: el olor de un árbol en flor, el sonido de una voz que llega al corazón, el relato de una experiencia interesante.
Para hacernos conscientes del disfrute, también conviene “vivir con todos los sentidos puestos” en lo que nos ocurre y rodea. Se trata de descubrir la riqueza de matices que le dan las sensaciones más insignificantes o neutras a nuestra vida: la temperatura del aire que roza la piel, el tacto de la ropa, las formas de las cosas que tocamos, la consistencia del suelo que pisamos y la textura de los alimentos que probamos.
Foto “Dreaming a different world”, cortesía de www.freedigitalphotos.net, autor: Federico Stevanin
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